Una parte de mí desaparece lentamente, se evapora hasta llegar a los cielos, desesperados por acoger a mi alma, arrebatarme de la tierra y gritar, ¡por fin es mía!.
Cuando tenía 20 años unos hombres vestidos de negro me secuestraron, me encerraron una sala llena de agua color púrpura y me inyectaron el veneno de la ausencia. Los síntomas son muy sencillos; abstracción terrenal, indiferencia ante los problemas, indignación ante las personas estúpidas y mirada pensativa constante.
Ya de vuelta a mi casa me dijeron que los efectos aumentarían con el paso del tiempo y que la solución no era llorar con cualquier persona, porque sencillamente nunca sería capaz de reconocer él por qué de mis lágrimas. Me advirtieron, que por más que intentase reflexionar sobre mis sentimientos e inquietudes, pronto, sentiría tal pereza por el gran esfuerzo que tendría que hacer, que me abandonaría a mi propia suerte.
Maldita inhalación, ¿por qué me siento inútil a la mínima de cambio? Mi acechor fantasmagórico me dijo que cada nueva luna llena me visitaría. Permanecería escondido en las tinieblas de la noche, me miraría fijamente a los ojos y por unos segundos me daría la razón del por qué, entonces, lloraría durante un instante...
A la tercera luna llena entendí que mi muerte sería agonizante, lloraría desangrada lentamente a lágrimas, durante muchos, muchos años, sola, en la oscuridad de la noche, durante unos breves momentos, para acto seguido “despertar” sin recordar de nuevo el motivo de mis lágrimas.
Aún, al día de hoy, después de muerta, sigo sin reconocer quién fue mi asesino.
Cuando tenía 20 años unos hombres vestidos de negro me secuestraron, me encerraron una sala llena de agua color púrpura y me inyectaron el veneno de la ausencia. Los síntomas son muy sencillos; abstracción terrenal, indiferencia ante los problemas, indignación ante las personas estúpidas y mirada pensativa constante.
Ya de vuelta a mi casa me dijeron que los efectos aumentarían con el paso del tiempo y que la solución no era llorar con cualquier persona, porque sencillamente nunca sería capaz de reconocer él por qué de mis lágrimas. Me advirtieron, que por más que intentase reflexionar sobre mis sentimientos e inquietudes, pronto, sentiría tal pereza por el gran esfuerzo que tendría que hacer, que me abandonaría a mi propia suerte.
Maldita inhalación, ¿por qué me siento inútil a la mínima de cambio? Mi acechor fantasmagórico me dijo que cada nueva luna llena me visitaría. Permanecería escondido en las tinieblas de la noche, me miraría fijamente a los ojos y por unos segundos me daría la razón del por qué, entonces, lloraría durante un instante...
A la tercera luna llena entendí que mi muerte sería agonizante, lloraría desangrada lentamente a lágrimas, durante muchos, muchos años, sola, en la oscuridad de la noche, durante unos breves momentos, para acto seguido “despertar” sin recordar de nuevo el motivo de mis lágrimas.
Aún, al día de hoy, después de muerta, sigo sin reconocer quién fue mi asesino.

3 comentarios:
Me gusta. Me gusta mucho como escribes. Es buenísimo.
Es increíble, fantástico.
Me encanta.
Tal vez, en vez de aferrarte a las lunas, tendrías que buscar otra alternativa, y llenarte un poco de luz, y sonreír, que nunca viene mal.
¿Porqué te escondes en las fotos?
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